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Matar al mono
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2008–2013

El que no soportaba el trabajo de mono

Acto 0 · 2008–2013 · Gran Canaria · el desvío

En 2008 me quedé sin trabajo y entré de correturno en una terminal de combustible, a cubrir las vacaciones del personal. De densidades, de volúmenes y de toneladas métricas no tenía ni idea: lo que me decían, lo copiaba y lo hacía.

Venía de otro oficio. Había estudiado sistemas interactivos y había hecho diseño y desarrollo web en una agencia de internet en Berlín: las páginas las programaba yo, en PHP. No era programador de carrera, pero el código nunca me fue ajeno, y eso explica bastante de lo que vino después. Lo último antes de la terminal fue trabajar de diseñador para una academia de cursos para desempleados.

De aquello a esto no había puente. Mi trabajo pasó a ser apuntar números en un papel y convertirlos a mano, con un libro de tablas al lado, y en ningún momento se me explicó por qué importaban tanto.

Ahí conocí a quien iba a ser el enemigo de los siguientes veinte años, aunque todavía no sabía cómo llamarlo. Trabajo de mono: tareas para las que podrías entrenar a un mono, repetidas turno tras turno por gente cualificada. Y es justo donde entran los errores, no por ignorancia sino por repetición y cansancio.

A eso lo llamo monkeywork.

Los primeros meses cometí errores bastante gordos, de los que te hacen pensar que no vales para esto. Pero tengo una cosa: cuando me he metido para adentro, no me echo para atrás.

Así que hice lo único que sabía hacer, que es lo que sigo haciendo hoy: observar, aprender, copiar y aguantar, y solo cuando lo domine, simplificar.

La puerta que parecía la buena

Aguantar no era resignarse. Yo quería volver a lo mío, y en aquellas guardias me puse a hacer un máster de marketing online en Online Business School.

Así que cuando en 2012 apareció una agencia que alquilaba villas a turistas por canales de venta online, lo vi clarísimo: ahí estaba mi oportunidad de retomar mi pasión. Dejé la terminal cuando me estaban ofreciendo quedarme.

La realidad fue bien distinta. Para lo que me querían era para hacer de agente: recibir a los turistas, la gestión del día a día, y de marketing online poco o nada.

La agencia tampoco era una agencia. Aquello era un cash and carry que suministraba a hoteles y que, al ver lo que se forraba la agencia que les llevaba sus villas, había decidido montarse el negocio por su cuenta. Para eso querían a alguien con conocimientos de marketing online: para eso, y para recibir turistas.

El dueño había visto lo que facturaba la otra y le pareció que aquello no tenía misterio. Ese era el plan de negocio entero.

Del sueldo, una parte llegaba por el camino corto. Tampoco era cosa mía: un día fijo de cada mes se formaba una cola delante de mi mesa, y por ahí pasaba la plantilla al completo.

Duró meses. Cuando vi que aquello era una tomadura de pelo me fui, y al irme les propuse llevarles el marketing y el posicionamiento online como autónomo externo. Nunca me contestaron: menos mal.

Ahí me di cuenta del error que había cometido al dejar el sector industrial.

Dando vueltas

Lo siguiente que intenté fue hacer de explotador de apartamentos por mi cuenta: coger unidades de otros propietarios y ponerlas en alquiler online a cambio de comisión. Por la familia tenía contactos que podrían haberme dejado llevar las suyas.

No salió nada de nada. Y el motivo me ha servido de brújula desde entonces: soy bastante malo captando y negociando, y eso no se arregla con ganas.

Un amigo que sí es bueno me propuso ayudarle con la gestión de los suyos, y estuve unos meses haciéndolo. Otra vez lo mismo que en la agencia de las villas, pero con un amigo, cerca de casa y ganando bastante menos.

Me lo tomé como aprendizaje para montar algo más adelante, pero de aquel máster de marketing online no llegué a poner en práctica nada.

El hotel

Otro amigo, que trabajaba de recepcionista en Maspalomas, me dijo que había oído que en otra cadena buscaban gente para sustituciones en recepción. No se acordaba ni de cuál. Me dio un número y llamé: era el Riu Palace Maspalomas.

Esa misma tarde me citó el director del hotel. Hablamos un rato en varios idiomas y, sin ser del sector y sin ninguna experiencia, me dio el puesto.

Al empezar entendí por qué. El turismo se estaba beneficiando de los estragos de la crisis financiera: habían contratado a un montón de recepcionistas que venían de sectores como la banca, con idiomas y con estudios.

Y allí volví a encontrarme con un antiguo conocido: el monkeywork.

Las consumiciones de los turistas eran tickets con la firma del cliente y el número de habitación escrito a boli por el camarero de turno, así que según el estrés y la postura el número salía de aquella manera. Nosotros los dábamos de alta a mano en el sistema, uno por uno, y luego los repartíamos en carpetas por habitación. Con ese sistema era inevitable que a alguien se le cargara algo que no se había tomado, y ni recuerdo a cuántos les debió de pasar.

Y aquí, por primera vez, no pude hacer nada. Era un sistema cerrado, impuesto de arriba abajo, que solo se podía cambiar con inversión y sustituyendo el proceso entero por uno digital. Lo único que sé es cuánto odiaba esa tarea.

Estuve unos cuatro meses. Los clientes se acercaban a hablar y lo notaban enseguida: no porque lo hiciera mal, sino porque me decían «se nota que esto de recepcionista no es lo tuyo». Yo les contaba mi historia, y más de uno se despidió con un «espero no verte por aquí el año que viene».

Y así fue.

La llamada

Un día me llamó un headhunter que buscaba gente para una terminal de combustible que iba a abrir. Era Oryx.

Volvía al sector industrial, y volvía entrando cuando estaba todo por hacer. Entré como jefe de turno, el puesto que ya había hecho durante varios años en Shell y en Aegean.

El resto de jefes de turno estaban más cualificados que yo, pero no tenían experiencia en el puesto, por lo que mi criterio se tuvo muy en cuenta. A poco de arrancar la actividad me propusieron para coordinador de operaciones.

Había dejado de buscar el trabajo donde me dejaran crear, y había empezado a crear dentro del trabajo que tenía.

Guerrilla Excel había llegado para matar al mono.

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